Hay noticias que te golpean, no por lo que cuentan, sino por lo que revelan. El accidente del bar Le Constellation, en Crans-Montana, es un ejemplo. Cuarenta personas —quizás más— mueren en uno de los rincones más privilegiados de Europa, en una estación de esquà que simboliza lujo, descanso y cierta idea de felicidad moderna. Y, de repente, el mundo se detiene. Los medios se vierten, las redes se llenan de vÃdeos, testigos, hipótesis. La tragedia se convierte en un relato colectivo que consumimos casi en tiempo real.Y mientras lo miro, no puedo evitar pensar que esto dice mucho más de nosotros que del accidente en sÃ. Siempre hemos tenido vÃctimas inocentes. Antes eran la peste, las guerras, las invasiones. Ahora son los errores técnicos, las negligencias, los sistemas que fallan. El progreso nos ha cambiado las amenazas pero no nos ha hecho invulnerables. Sólo ha transformado la forma en que morimos. Pero existe una diferencia importante: hoy, la muerte es pública. Se retransmite, se comenta, se comparte, a veces en directo. La muerte ha dejado de ser un hecho Ãntimo para convertirse en un evento mediático.Y esto tiene consecuencias. No todas las muertes tienen el mismo peso. No todas merecen el mismo espacio. No todas nos conmueven igual. Las vÃctimas de Crans-Montana son “muertos de primera”: con nombres y apellidos, con fotografÃas sonrientes que los medios recuperan. Su ausencia genera minutos de silencio, declaraciones institucionales, especiales informativos.Mientras, a unos kilómetros de aquÃ, otras personas mueren en una patera sin que nadie sepa cómo se llamaban. Son "muertes de segunda": anónimas, lejanas, incómodas. No interrumpen ninguna programación. No despiertan ningún debate profundo. Son cifras que pasan de largo. 3000 personas ahogadas en el Mediterráneo el año pasado dan fe,No escribo esto para restarle importancia a ninguna tragedia. La muerte siempre es injusta, siempre absurda, siempre dolorosa. Pero sà creo que cada accidente mediático nos pone un espejo delante. Nos muestra qué consideramos "nuestro" y qué consideramos "de los demás". Nos revela hasta qué punto nuestra empatÃa está condicionada por la proximidad, la cultura, el color de la piel o el precio del forfait.Quizá el reto sea éste: ampliar el cÃrculo. No dejar de llorar a las vÃctimas de Crans-Montana, sino ser capaces de llorar también a las demás. Las que no salen en los periódicos. Las que carecen de rostro. Las que carecen de voz.Porque, al final, la pregunta que nos hace la modernidad no es cómo morimos, sino a quien consideramos digno de ser llorado. Y quizás la respuesta más honesta —y más humana— es que todas las vidas deberÃan tener el mismo valor, aunque el mundo insista en recordarnos que no es asÃ.
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