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DESACCELERAR


 Hi ha una pulsió contemporània que ens empeny –sense treva– cap endavant. Vivim en una acceleració constant que ha deixat de ser una condició del progrés per convertir-se en una forma de desgast. No és només el temps el que es comprimeix; és el sentit que es perd. Desaccelerar no és retrocedir. És, precisament, recuperar la direcció.

En política, aquesta lògica de la pressa erosiona la qualitat de moltes decisions. La urgència substitueix el criteri; el titular, l’anàlisi pausada i profunda, i la reacció immediata s’imposa a l’estratègia. En un món interdependent, on cada decisió geopolítica té efectes en cadena, la velocitat pot ser tan perillosa com la inacció. La precipitació ha demostrat ser mala consellera en molts dels conflictes internacionals que presenciem, en la gestió de crisis o en la redefinició d’aliances. Pensar requereix temps, i el temps escasseja.

Però on aquesta acceleració mostra el rostre més inquietant és entre els més joves, que viuen (i pateixen) les conse­qüències d’una cultura de la simultaneïtat, on tot passa alhora i no hi ha res que sembli durar prou. La pressió per decidir aviat (què estudiar, qui ser, com destacar...) es combina amb una exposició constant que no concedeix pauses. El resultat és una generació hiperconnectada i, alhora, profundament cansada i sola. L’ansietat, aleshores, no és una anomalia: és una conseqüència.

Desaccelerar, en aquest context, és també un acte de resistència. Significa tornar el valor als processos, reivindicar el dret al dubte, a l’error, a l’espera... Significa, també, construir espais on poder compartir, escoltar, conversar, mirant als ulls i no a les pantalles. On els vincles es creïn des de la relació i la confiança, no des del like i la sobreexposició.

Necessitem reaprendre a parar, no com un luxe, sinó com una necessitat col·lectiva. L’obsessió pel creixement immediat ha tensat sistemes que ja no poden sostenir aquest ritme sense fracturar-se: des del medi ambient fins a les condicions laborals, passant per tots aquells aspectes de la nostra vida quotidiana en els quals l’acceleració ha convertit, moltes vegades, el descans en culpa i l’atenció en un bé escàs.

Desaccelerar per comprendre, per decidir més bé, per cuidar i cuidar-nos. Perquè la política recuperi profunditat, horitzó i sentit. Perquè, al final, no es tracta d’anar més de pressa. Es tracta de saber cap a on anem, triar els camins més adequats en cada moment i arribar en les millors condi­cions. L’acceleració vital en què estem immersos debilita la nostra capacitat de reacció i ens arrossega a una inèrcia que confon moviment amb progrés.

Optar per la desacceleració seria una manera de recuperar el criteri, de tornar a posar les persones al centre i de reconciliar el temps amb la reflexió. Només així podrem construir decisions més justes, polítiques més humanes i futurs que mereixin realment ser viscuts. Antoni Gutierrez-Rubi a la vanguardia.

1.4.26 | 2 Comments

LAS TARIFAS DEL HORROR


 ‘Arqueros’ y ‘ciervos’, los secretos del safari humano de Sarajevo. ‘Turismo de francotiradores’. Un libro del escritor italiano Ezio Gavazzeni reconstruye los supuestos viajes de occidentales que pagaban por disparar contra civiles durante la guerra de Bosnia - Francesco Olivo, foto AFP.

Que... hubiera cínicos francotiradores occidentales dispuestos a pagar para participar en las matanzas de civiles en Bosnia no parecía ser un secreto. Y, sin embargo, al menos en Europa occidental prácticamente nadie habló de ello. El escritor italiano Ezio Gavazzeni lo descubrió solo recientemente y desde ese momento no se ha detenido. Hasta llegar al libro Los francotiradores del fin de semana (I cecchini del weekend), que llega este martes a las librerías italianas publicado por la editorial Paper First y tiene el mérito de reconstruir la cínica logística de aquellos viajes, arrojando luz sobre las organizaciones que captaban a los “clientes”, a menudo cazadores, y los llevaban a la zona de guerra atravesando las fronteras.

En el lenguaje utilizado por los organizadores, los francotiradores eran llamados “arqueros”, mientras que las víctimas eran definidas como “ciervos”. Ese mismo lenguaje aparece en el testimonio de uno de los interlocutores clave de la investigación, llamado “el francés”. Hacia el final de la obra, el autor le pide que describa el tipo de turista: “Notarios, abogados y médicos de alto nivel, empresarios, hijos de papá naturalmente ricos y aburridos; en general personas de más de cincuenta años con mucho dinero. Nosotros conocíamos su identidad, para asegurarnos de que todo nos fuera pagado como correspondía; de lo contrario habrían tenido problemas”.

Y luego, en un crescendo casi insoportable de crueldad, se aborda el tema de las tarifas. “El francés” revela: “Si matabas a un niño costaba 30 millones de liras (unos 15.500 euros ahora), una mujer 20 (unos 10.300) , un hombre adulto 10 (unos 5.100) y un viejo o una vieja, 3 (unos 1.500)”. Según el testigo, unos 230 italianos participaron en esos safaris durante la guerra de Bosnia, que ocurrió entre 1992 y 1995.

Según un testigo, los clientes eran “notarios, abogados, médicos o empresarios, casi siempre ricos y mayores de cincuenta años”

Una historia poco conocida. Sin embargo, en las primeras páginas de Corriere della Sera y La Stampa de 1995 aparecieron dos titulares casi idénticos: “En Sarajevo se va a cazar hombres” y “Los turistas de la guerra que disparan contra Sarajevo”. Dos de los principales diarios italianos publicaban con gran relevancia una denuncia presentada en aquellos días ante el Tribunal Permanente de los Pueblos, un organismo internacional independiente que examina violaciones de los derechos humanos. En una situación normal, tras artículos de este tipo sería lógico que la magistratura abriera una investigación. Sin embargo, pocos días después cayó el silencio sobre el asunto.

Muchos años después, en 2022, el director esloveno Miran Zupanič realizó un documental titulado Sarajevo Safari, en el que se recogían testimonios sobre francotiradores occidentales que iban a disparar contra civiles bosnios por diversión durante el conflicto balcánico de los años noventa. La historia tiene un indudable valor periodístico y narrativo y, sin embargo, también en ese caso nadie se movió: ni siquiera las distribuidoras lo llevaron al público de Europa occidental.

Las tarifas del horror - El testigo anónimo revela: “Un niño costaba 30 millones de lira(unos 15.500 euros ahora), una mujer 20 (unos 10.300) , un hombre adulto 10 (unos 5.100) y un viejo o una vieja, 3 (unos 1.500)”

Ese silencio fue lo que lo empujó a iniciar una investigación que esta vez ha traspasado el ámbito editorial para entrar en su lugar natural: un palacio de justicia, y quizá algún día un tribunal. La investigación se encuentra aún en fase preliminar, pero por primera vez desde aquellos años empieza a emerger algo concreto. De momento hay tres personas investigadas por la fiscalía de Milán: un empresario de Lombardía, un transportista de la región de Friuli Venezia Giulia y un cazador del centro de Italia. A los tres se les atribuye el delito de homicidio voluntario continuado, agravado por motivos abyectos.

En las 270 páginas de la obra se explica, a través de diversos testimonios, cómo operaban las organizaciones que llevaban a estos ricos italianos —aunque el fenómeno no se limita en absoluto a Italia— a las colinas de Sarajevo, la ciudad que sufrió el asedio más largo de Europa desde la Segunda Guerra Mundial, donde podían experimentar el monstruoso escalofrío de participar en un tiro al blanco contra civiles, a menudo —según algunos testimonios— con predilección por mujeres y niños.

Gavazzeni reconstruye con transparencia los pasos de su investigación, llevando al lector por bares cutres de provincias, talleres de coches y chats de redes sociales, omitiendo nombres, apellidos y elementos que puedan conducir a la identidad de los protagonistas de aquellos viajes, dado que la investigación judicial se encuentra todavía en una fase preliminar. Todavía queda mucho por investigar, y no solo en el noreste de Italia.

No era, al parecer, solo una cuestión italiana. Gavazzeni cuenta que en los últimos meses fue contactado también por un español, identificado como Toni C., que le relató: “Mi padre tenía un amigo millonario que una vez había ido a cazar elefantes en África. La persona que organizaba aquellos safaris, un catalán cuya identidad no conocemos, también organizaba viajes a Yugoslavia para cazar seres humanos y le ofreció participar”.

Todavía queda mucho por investigar, y no solo en el noreste de Italia.

17.3.26 | 0 Comments

BLOG DE FRANCESC PUIGCARBÓ




2.3.26 | 0 Comments

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